la pulga y la locomotora

Anónimos y cabreados

Una noche tranquila

“En los manicomios lo primero y más importante que se hace cada día es darles a los internos la píldora tranquilizante. ¡Hay que taparle la boca al alma! Los tranquilizantes están más que probados, y son tan seguros como las píldoras anticonceptivas. Por las noches, la gente tapa con una funda a los pájaros enjaulados ¡para que pasen una ‘noche tranquila’!”

Klaus Kinski, “Yo necesito amor”

Tras tres días de hogueras, akelarres y pillajes varios, llegó David Cameron para poner fin a la revuelta a base de represión. Un despliegue policial sin precedentes: 16.000 “efectivos”, con el gas lacrimógeno y los cañones de agua preparados. La ocasión lo requería, el mundo estaba mirando. Es de suma importancia para el estado inglés apagar el fuego de Londres, correr una espesa cortina uniformada sobre el asunto. Poner la funda a la jaula, vendar los ojos al planeta. Evitar la autocrítica. Porque este estallido será vandalismo chandalero, si lo desean, se podrá acusar a a los jóvenes de saquear tiendas de gadgets en lugar de bancos u oficinas de empleo -a su rabia no se le ocurre nada mejor-, pero ¿es posible culparles de responder con fuego al fuego? ¿quién puede sentenciarles por responder con violencia a una desesperación a la que no ven salida alguna? Desde la distancia, en los London Riots se ven las mismas raíces que en la revuelta de la Banlieue francesa de 2005. Con la diferencia de que AHORA la situación es mucho peor que hace seis años. Ahora existe una recesión salvaje, un quiste descomunal que crece día a día. Ahora los pobres son más pobres. Ahora se recorta sin clemencia a los desfavorecidos. Ahora los jóvenes tienen menos futuro que entonces, cuando ya no lo tenían. Ahora el capitalismo se desmorona mientras, atónitos, vemos quemarse Londres.

The Clash nos enseñaron en el 77 lo que son los riots en el Reino Unido. Los negros tienen un montón de problemas, decían, pero no les importa tirar un ladrillo, los blancos van al colegio donde te enseñan a estar atontado. Y así hasta que Londres explota en diversos puntos (a la cabeza los barrios “morenos”, los de los negros, los “pakis”, los caribeños, los turcos o los bengalís: Tottenham, Croydon, Peckham y Brixton), y la chispa salta a Manchester, Birmingham y Liverpool. Cameron tenía quince años en 1981, así que es más que probable que no recuerde o sea incapaz de ver los paralelismos con la revuelta de Brixton, cuando a los negros se les inflaron los mismísimos y estallaron violentamente. Recordemos sus causas: “problemas económicos y sociales donde había un alto desempleo, alta criminalidad y carencia de servicios sociales”. Además, claro está, de que la policía matase a uno de los suyos. ¿Les suena? Entonces era Thatcher, hoy es Europa entera la que nos deja sin oportunidades.

Encontrarán en los medios incompetentes informaciones que, a la vista de encapuchados imberbes, niegan las causas políticas de la revuelta. Muchas fotos de incendios, tiendas vandalizadas, vídeos de chavales que roban a otros chavales, escombros por doquier… Como de costumbre, se esquiva a la verdadera bestia. Como de costumbre, pretenden tomarnos por tontos, y empujar a la opinión pública a coger la escoba y barrer los destrozos, como si eso pudiera acabar con el actual estado de excepción del capitalismo. ¡Basta! No más píldoras tranquilizantes, no más fundas para nuestras jaulas. En lugar de la de Westminster y Chelsea, queremos oír la voz de Brixton, que es la portadora del fuego, la que nos permitirá saber cómo de grave es la enfermedad del sistema en el Reino Unido:

“Los recortes afectan a los centros comunitarios, a los centros en los que los jóvenes pueden aprender algo útil. Los jóvenes de hoy están frustrados, como dice mi amigo. Están hartos”, añade. “Todo el mundo está harto y frustrado”, tercia Luther. “La gente mayor como nosotros ya no esperamos nada. Pero, ¿qué hacen los jóvenes? Si eres joven, vulnerable y no le importas a nadie, no tienes nada que perder”, asegura. “Mi hermano dice que así es el capitalismo. El capitalismo te hace vulnerable, es opresivo”, concluye Leroy.

Compartimos una única sabiduría popular, que dice: “Just because rioters do not have political aims does not mean the causes of the riots do not lie in politics” (“Solo porque los alborotadores no tengan objetivos políticos no significa que las causas de los disturbios no se encuentren en la política”). Éste es el análisis que repetidamente nos niegan nuestros gobiernos: En Inglaterra, en Grecia, en España, en Chile, en todo el mundo, el capitalismo se tambalea. Se encuentra al borde del precipicio, listo para despeñarse. Debemos encontrar YA una salida lo más pacífica posible de un sistema que no hemos elegido y que es por definición violento. De lo contrario, su caída será en modo riot. A la inglesa, con explosiones, saqueos y la ciudad moderna ardiendo por todas partes.

“¡¿Acaso existen terremotos tranquilos o huracanes inofensivos?! La pérfida sociedad humana inculca a sus miembros la idea de que, ante todo, lo más importante es ‘tranquilizarse’.”

Klaus Kinski, “Yo necesito amor”

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