la pulga y la locomotora

Anónimos y cabreados

Comida, salud, capitalismo y avaricia

Mezclar comida, salud, capitalismo y avaricia es un cóctel explosivo. Los micro-artefactos tienen nombres tan bizarros como NK603 (B/ES/11/05) ó NK603 x MON810 (B/ES/11/06). Son Organismos Genéticamente Modificados (OGMs, vulgo transgénicos) y pueden acabar con el trabajo de miles de agricultores y la salud de millones de ciudadanos. A juzgar por los datos, la codicia de quienes ven en la alimentación un enorme negocio a escala planetaria no conoce límites. Monsanto se lleva la palma, aunque el negocio de las semillas y la biotecnología ha atraído en pocos años a decenas de emprendedores sin escrúpulos, articulados en multinacionales que nadan entre los vacíos legales para:

a. Vender veneno.

b. Echar del mercado a quien no lo hace.

El objetivo parece ser una especie de control mundial de la producción de alimentos, donde el ser humano sea a la vez comprador de materia prima sintética y consumidor de los bienes finales (llamarlos “comida” sería desvirtuar su papel) que la industria alimentaria genera. Un negocio redondo, en un mercado creciente de población y consumo.

No confiamos que el capitalismo sea capaz de aplicar el (necesario) principio de incertidumbre a los transgénicos. Es más, sabemos, tras más de un siglo de experiencia negativa, que el único principio por el que se rige es el de la ganancia económica y el crecimiento desenfrenado. Para muestra un botón: Monsanto, que evolucionó desde la industria química en Macrocorporación Transnacional, lleva desde 1901 envenenando el planeta, haciéndose más y más grande a cada paso que ha dado. RoundUp, Terminator, el Agente Naranja (sí, el de la guerra del Vietnam), PCBs, hormonas de crecimiento bovino, OGMs… Cualquier cosa que les digamos será poco para describir lo que puede hacer la falta de miramientos en las manos más avariciosas del neo-liberalismo y la globalización. Hay que llamar a las cosas por su nombre y decirlo claramente: la actividad de Monsanto mata. Mata a productores honrados y mata, lentamente, a consumidores.

Tanto Monsanto como otras empresas -citaremos el caso de la italiana Transactiva, presente también en España- necesitan operar a nivel planetario. De esta manera pueden aprovechar las diferentes legislaciones, las debilidades de los países en desarrollo y las servidumbres de los presuntamente desarrollados, para llevar a cabo una actividad que no entiende de fronteras. La desregulación les da alas. Les conviene y les permite operar mientras la sociedad se lo piensa. Luego es ya demasiado tarde. Si se lo deja en sus manos, el transgénico contamina todo lo que se le ponga por delante, y lo hace fuera de cualquier control. El control es caro y las multinacionales solo quieren los beneficios, nunca las deudas que dejan en el planeta. Jamás descartarán un producto por nocivo, en todo caso crearán químicamente el “antídoto” y lo comercializarán, como ya ha ocurrido con el RoundUp y los OGMs resistentes al mismo. Doble o doble para Monsanto. Pero más importante aún: La expansión de su negocio necesita precisamente esta ausencia de control. Se basa en ella. Puesto que los OGMs no conviven con las especies existentes sino que las invaden y sustituyen, dispersar semillas de OGMs alocadamente es garantizar el crecimiento del mercado y asegurarse los beneficios a futuro.

Los OGMs no andan lejos: Monsanto plantará su laboratorio a escasa distancia del parque de Las Tablas de Daimiel (¡con el beneplácito de la Dirección de Evaluación Ambiental y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria!), Transactiva su arroz (prohibido en Italia) en Castellón. España, donde los gobiernos son especialmente irresponsables y cortos de miras, cultiva el 80% de todo el maíz transgénico de la UE. Visto lo visto, poco cabe esperar de este mandato parlamentario, y menos aún del próximo. Cuando reaccionen, si lo hacen, la situación será irreversible. Incluso la sociedad anda (andamos) bastante desinformada. El escenario no es ni neutro ni de bio-investigación puntera, como intentan e intentarán hacernos creer. Cuentos chinos. Las multinacionales de las que les hablamos no buscan acabar con el hambre del planeta (que es un tema aparte y merece volver a poner los OGMs en observación, aunque de un modo más humano) sino vender cada vez más semillas. Tengamos eso claro y evitaremos que nos confundan.

Todo cuanto les podamos contar está mucho mejor explicado y argumentado aquí. Para el caso de Monsanto, pueden acudir al comunicado de Anonymous acerca de Daimiel, o al documental “El Mundo según Monsanto” de la francesa Marie-Monique Robin.

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