la pulga y la locomotora

Anónimos y cabreados

La maldición de ser patata grande

Por fortuna para todos, los presupuestos públicos de cultura y comunicación no siempre se despilfarran en chorradas; también puede gastarse en cosas correctas, convertirse en algo útil, más valioso que el propio dinero que se invierte en ellas, y volver al pueblo para enriquecernos, o como mínimo hacernos algo menos estúpidos. Ayer, el 60 minuts de C33/TVC emitió un documental del cual era coproductor, que consiguió tocarnos la fibra y, a la vez, que supiésemos un poco más sobre uno de los despropósitos de la sociedad del consumo en la que vivimos: los estándares de la industria alimentaria. Cuando pensemos cómo debe ser el CAMBIO, este aspecto deberá ser revisado sin clemencia. Va a hacer falta algo de regulación y mucha re-educación para volver a humanizar la alimentación neo-liberal que “disfrutamos” actualmente.

Porque la verdad es que viendo “El gust pel rebuig”, a uno le entran ganas de rociar con gasolina y prender fuego a alguien, pero no sabe muy bien a quién. El culpable último de cuanto allí se expone es el propio consumidor, es decir nosotros (quemarnos a lo bonzo en estos momentos no nos parece buena idea, queda mucho trabajo por hacer), y el resto de fuerzas intermedias actúan -o dicen actuar- como marionetas de sus deseos. Pero veamos lo que ocurre: Los yogures, de los cuales tenemos más de 100 tipos en las neveras de los supermercados, se desechan 6 días antes de que caduquen. El pescado y el marisco se tiran a diario. Lo mismo para los más de 60 tipos de barras y bollitos que podemos encontrar en las panaderías. Tenemos los alimentos que estamos dispuestos a comprar, en todo momento y durante todo el año. Y cuando no superan los (manipulados) criterios del consumidor deben ser eliminados, en un proceso de falsa higiene corporativa. Los pepinos o calabacines que no son lo suficientemente rectos para transportar en cajas, a la basura. Las patatas demasiado grandes (las mejores de la cosecha), a la basura. Los plátanos sobrantes, que han viajado 9500 km desde Ecuador ó 6000 Km desde Camerún, a la basura. Los envasados cuya fecha de CONSUMO PREFERENTE apunta a un futuro demasiado próximo, también a la basura. Todo, absolutamente todo, lo que pasa por los estantes de un supermercado es susceptible de acabar en un contenedor, independientemente del coste (para el agricultor/ganadero/pescador, para el intermediario, para el planeta) que haya supuesto su producción.

Los autores del reportaje estiman que por uno u otro motivo se desecha (¡agárrense!) el 50% de los alimentos que se producen. ¡¡¡El 50%!!! Nos llena de vergüenza. Y no solo a nosotros. Los supermercados no permiten que sus “operaciones de limpieza de las estanterías” sean filmadas. Desechan toneladas, pero les sonroja que se sepa. Aunque no son solo los supermercados, es toda la industria la que está podrida. La fecha de consumo preferente es engañosa, no implica riesgo para la salud. Las patatas con grietas pueden ser perfectas para su consumo. Los tomates con forma de peonza o de jorobado de Notre Dame también. Se nos educa de una forma incorrecta e inmoral: Los alimentos no hace falta que sean buenos, solo deben lucir bien. La variedad natural al garete, solo nos queda la variedad artifical, una infinitud de envases diferentes para la misma cosa.

Si, cuando mueran, se reencarnan en patata intenten no crecer demasiado. Si nacen pepino estírense tanto como puedan. Si son pez, o tomate, o costilla de cerdo, esfuérzense en verse frescos, bonitos y sin grasa, aunque por dentro solo tengan hormonas y por fuera pesticida. Sean estándar, o acabarán en la BASURA, junto con la mitad de lo que el hombre produce para su consumo. Y fíjense que decimos en la basura, nunca en la mesa de quienes pasan hambre. Tal es la paradoja de los excesos en la industria alimentaria, que mientras inunda nuestras neveras y se somete a nuestros deseos como consumidores no duda en matar de hambre a los desafortunados que han nacido en las zonas productoras, ni en devastar el planeta creando explotaciones innecesarias, cuyo fin último será el de alimentar los vertederos del primer mundo.

Recuerden la cifra: 50%. El resto de lo que podamos aquí decir, es mera palabrería.

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